viernes, 13 de diciembre de 2013

Los Lunáticos

Ya, ya, ¿pero qué pasa cuando la tristeza es tan intensa que no te deja dormir?
Aunque mantengas el tipo y nadie se dé cuenta o aunque los demás se den cuenta y crean que estás triste porque tienes problemas económicos o roces con tu pareja que también podría ser, cuando esta tristeza, que es como un mar de fondo que llevas dentro y que no cesa, se apodera de nuevo de ti, a los pocos días de no poder dormir, como digo, a veces, cuando recuerdas algo o a alguien, te das cuenta de que ese recuerdo no es real. Es un trozo de sueño que no recordaste al despertar y que aflora de repente en ese momento preciso. O puede que quizá la mente siga soñando siempre, en todo momento y que no nos demos cuenta, igual que la Luna sigue en el cielo aunque no la veamos durante el día a causa de la luz de los rayos del Sol.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Por partes

Me encuentro con Dani Clemente y le cuento la situación: no me han cogido en la única entrevista de trabajo que he hecho, llueve y no he podido poner los carteles de mis clases particulares de guitarra. Le cuento que estoy pensando en vender mi cuerpo pero que comprendo que a mi edad y en mi estado solo lo podría vender por partes. Que si un trocico de hígado, que si un riñón, que si una córnea, cuarto y mitad de retina...
Él me mira y me dice muy serio, «Quique, no te subestimes, conozco a un par de ancianas a las que les podrías interesar».

Me emociona su confianza en mi futuro. Me abalanzo sobre él y le beso y le abrazo.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El corte de pelo

La primera vez que me rapé el pelo lo hice sin saber muy bien por qué. Era un crío y quería llamar la atención, o algo así.
Recuerdo el tremendo grito que profirió mi madre cuando me vio y el coñazo que me dio durante años; primero por habérmelo cortado, segundo para que de alguna forma ocultara mi «error» por medio de sombreros y gorras y, ya más tarde, tuvo el resto de la vida para recordármelo a mí, a mis amigos, a mis novias y a todo el que se le pusiera por delante.

martes, 10 de diciembre de 2013

Hay quien dice


Hay quien dice que allí afuera están los planetas rodando alrededor de las estrellas.
Hay quien dice que la vida es en realidad una grabación, que no es en directo.
Hay quien dice que el hombre no llegó nunca a la Luna.
Cuántas cosas se dicen de las cosas de afuera, pero qué pocas de las de dentro.


jueves, 5 de diciembre de 2013

La Mancha



Una mañana Axl, al salir de la ducha con el pelo mojado y retirado hacia atrás, descubrió que tenía una mancha verde en la oreja derecha, justo en la parte superior del pabellón auditivo. Pensó en que las sábanas podían haber desteñido, pero las sábanas no eran nuevas y además eran blancas. Las toallas eran amarillas. No tenía ningún champú ni jabones nuevos. Intentó quitarse la mancha frotando con la esponja y con jabón. Se frotó también con la parte áspera de la esponja pero solo consiguió enrojecer el resto de la oreja. La mancha verde seguía allí. Se peinó como pudo y con bastante buen resultado, cambiándose la raya de lado y gracias a su melena corta, logró esconder la mancha de forma que nadie notara que la tenía.

viernes, 29 de noviembre de 2013

la paloma

Esta mañana, yendo a una entrevista de trabajo, he visto una paloma muerta en la acera. Al lado había una señora que empujaba el carrito de una niña. La niña lloraba y lloraba y la abuela, para que se callara, le ha dicho: «Mira, mira, una paloma muerta. ¿La ves? La ha atropellado un coche y ahora está muerta».
La niña, más confundida que impresionada ha dejado de llorar.
No sé qué moraleja se puede extraer de esta frase que la abuela le ha dicho a la niña, pero al mirar a la pobre paloma muerta con restos de sangre en la cabeza he pensado que seguramente este había sido el primer contacto con la muerte de la pequeña.

No tenemos ni idea de lo que es la muerte pero, para esa niña, la muerte siempre será una paloma ensangrentada que murió por cruzar mal la calzada. Aunque la niña olvide este momento, este recuerdo se quedará allí escondido en su cabeza y eso ya no se puede cambiar.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Sueño

Últimamente tengo un sueño que se repite y es hermoso. Estoy sentado en medio del campo en una roca. La hierba está alta, luce un sol cálido y claro. Estoy en paz.
Una antigua amiga sale del bosque, se acerca caminando serenamente, se sienta justo detrás de mí envolviéndome con sus brazos y con sus piernas y me atrae hacia ella maternalmente, para que pueda descansar apoyando la espalda en su cuerpo.

Nada más y con eso es suficiente.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Escribiendo un sábado por la noche

Es sábado por la noche y estoy aquí, en un bar, escribiendo, trabajando. Me siento un yonqui de la escritura gastando tinta y papel, esperando a que mágicamente salga algo de la pluma, algo procedente de mi cerebro.
Los niños corren histéricos, como enloquecidos, las abuelas chillan. Yo me pongo los auriculares y rezo para que Tom Waits siga sonando. Que no se me acabe la batería es lo único que deseo, como el fugitivo espera llegar a la siguiente gasolinera con el depósito en la reserva.

lunes, 25 de noviembre de 2013

La señora del caballo

Hace tiempo, en la Calle Mártires, había una señora con poco pelo a la que por alguna razón le gustaba meter gallinas vivas en el pequeño escaparate de la relojería que regentaba. En la calle Osaú tenía también un pequeño almacén. Se trataba de uno de los cuatro o cinco locales que algún genio había dejado construir adosados a la Iglesia de San Gil. Eran casi casetas que afeaban el lateral de la Iglesia y su torre Mudéjar.

viernes, 22 de noviembre de 2013

la estufa

Un niño intenta dormir en una noche heladora. Está en la cama vestido y con el abrigo puesto, pero su cuerpo no genera suficiente calor como para que su ropa le caliente. El suelo del cuarto está lleno de suciedad y polvo, de cartones, de trapos, de ropa sucia, de camas y de un sinfín de objetos, algunos de ellos indescriptibles. Otros seres humanos, su familia, duermen vencidos por el agotamiento.

martes, 19 de noviembre de 2013

El salto

Vuelvo a casa caminando y ya a lo lejos veo que la policía ha cortado la calle. También hay una ambulancia y un cuerpo medio tapado bajo una manta en el medio de la calzada. Está a la altura del portal de al lado. Algo impresionado paso de largo y subo a casa. Mi mujer me cuenta que una chica se ha tirado desde el quinto piso. La ha oído caer cuando estaba llegando a casa y ha ido a socorrerla junto con otras personas. Ha sido terrible. Pronto ha venido la ambulancia con los sanitarios que, después de darles las gracias, les han dicho que se marcharan. Ya se ocupaban ellos. Mi mujer está afectada como no podía ser de otra manera.
La ambulancia y la policía no se mueven durante mucho rato y no sabemos si la chica está muerta y están esperando a que llegue un juez a levantar el cadáver o a un médico para que certifique la muerte, si está agonizando o si se ha salvado. La damos por muerta porque pensamos que si estuviera con vida la habrían llevado a toda prisa a un hospital.

lunes, 18 de noviembre de 2013

El niño que viajaba

Cogemos un coche. Hace años que no viajaba en coche y al ver el movimiento de los cables del tendido eléctrico me conecto con aquel niño que fui, aquel que viajaba sin cinturón de seguridad tirado en el asiento de atrás, mareándose, intentando dormirse, vomitando en las cunetas y preguntando “¿cuánto falta?”. Lo miro atentamente. Con una gran ternura me acerco a él y le digo:

—Hola. Ya sé todo lo desagradable que pasaba en los viajes, pero dime, ¿cuál es el recuerdo más bonito que guardas de aquel 127 azul marino en el que pasaste tantas horas?

jueves, 14 de noviembre de 2013

Los fiambres.

Cuando vives en una calle con algunos vecinos ruidosos muchas veces te gustaría que dejaran de gritar. Da igual que se cambien de barrio o que les atropelle un camión. Lo que sea con tal de tener algo de silencio.
Nuestros vecinos de la casa de enfrente eran así.
Como no sabemos sus nombres y tampoco nos apetece mucho acercarnos a ellos amigablemente para establecer una cordial relación de amistad, cada uno tiene su mote.
El “Tus muertos” tiene ese nombre porque el día que aterrizó en la casa de la que suponemos era su señora lo hizo gritando “¡Tus muertos!”. Prácticamente era lo único que gritaba o al menos lo único que se le entendía de todo lo que gritaba. La misma noche que llegó destrozó con un martillo el cristal de la puerta de su propio portal para que corriera un poco de aire en su nuevo hogar, que era un bajo. Después de aquella aparición triunfal el hombre se serenó y la verdad es que ya solo gritaba “Tus muertos” cuando le azuzaba su mujer.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Pelando patatas

Hemos cerrado la tienda y de momento no tengo trabajo. Es domingo, mientras tomo un café en una terraza me llama un amigo. Este amigo inauguró un bar hace una semana y fuimos a la fiesta que dio aquel día, por lo visto les ha fallado una camarera. “¿Que si puedo quedar para habar con él? Claro que sí. ¿Qué si puedo entrar a trabajar dentro de una hora? Por supuesto”. Me voy a casa a recoger algunas cosas y me dirijo al bar. Como lo acaban de abrir justo antes de las fiestas del Pilar apenas han tenido tiempo de preparar tapas y las van haciendo casi sobre la marcha. Gabi, que así se llama mi amigo, me presenta a Lucía, la camarera y a Alex, su socio, que además es también el cocinero. 
Es Alex el que necesita más ayuda, así que una vez que ya nos conocemos me lleva a un office (en español “antecocina”) y me sitúa delante de un saco de patatas. A mí siempre me han gustado este tipo de trabajos manuales que requieren la participación de una parte del cerebro, que lo aquietan por medio de los movimientos repetitivos y que dejan la mente ya relajada dispuesta a un tipo de pensamiento sereno.
Desde mi cubículo oigo partes de conversaciones mezcladas con risas, gritos y con la bocina que mis nuevos compañeros tocan cuando alguien deja “boooote”, a lo que sigue un “Que nos vamos a Cubaaa” que recitan con guasa una y otra vez.
Las voces me transportan a momentos de mi vida en los que he estado adormilado. Me recuerdan las voces que escuchaba a lo lejos cuando estuve en coma, pero sobre todo me dejan tiempo para estar tranquilo.
Yo pelo patatas y las voy cortando unas veces cuadradas para las bravas y otras en lonchas finas para hacer huevos rotos. Pelo, corto, pelo, corto y me siento por fin en paz.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Son curiosos los sueños

Son curiosos los sueños. Hace unos diez años, cuando cogía un libro en un sueño e intentaba leerlo, al poco tiempo me despertaba. El sueño se volvía tan incoherente que acababa por darme cuenta de que estaba soñando. Simplemente el cerebro era incapaz de inventarse un libro sobre la marcha, mientras intentaba leerlo en sueños.

martes, 29 de octubre de 2013

La pérdida y el tiempo

Parece ser que cuando uno tiene una pérdida, por pequeña que esta sea, además del sufrimiento o quizás precisamente por eso, la parte del cerebro que estaba ocupada con el objeto perdido, todas esas neuronas donde se almacenaban las acciones y los recuerdos relacionados con aquello que se pierde, se quedan desamparadas.

lunes, 28 de octubre de 2013

El Circo Mundial

En uno de mis paseos matutinos veo anunciado el Circo Mundial en un cartel con tres trapecistas subidas a un pobre elefante. Nunca me ha gustado el circo, que me producía de niño una tristeza indescriptible. Entonces no sabía por qué, puesto que solo era un niño. Hoy guardo una imagen mental de todo aquello.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Con una señora en la biblioteca

Subo en el ascensor de la biblioteca y conmigo lo hace una señora. Cuando yo entro ella ya le ha dado a un botón de la planta a la que quiere ir. Yo intento hacer lo mismo pero el botón del segundo piso, a pesar de mis esfuerzos, no se enciende. La puerta se cierra y yo no sé a qué planta voy. Vuelvo a darle y a darle al número dos, que permanece una y otra vez apagado. Ante mi inquietud la señora dice:
Ahora se está cerrando la puerta.
A lo que yo respondo:
              —Ya, ya veo, pero el botón no se enciende.
Y ella me dice:
              —Cuando se cierra la puerta es que ya sube.
              Ya, claro, ya sube o ya baja contesto.
Llegamos a la segunda planta. Los dos íbamos al mismo piso y por eso el botón no se encendía.
Salimos y la señora me dice:
¿Vaya tontada te he dicho, verdad?
Pues sí, aunque no importa nada contesto.
Me pone una mano en el hombro y se echa a reír. Yo también le pongo una mano en el hombro y me contagio de su risa. Nos entra una sonora risa floja. La gente empieza a molestarse y nos hace callar. Como tienen razón contenemos las carcajadas y nos despedimos con un gesto.

Esta mañana estoy contento. Hay señoras así por todas partes, incluso fuera de mi ex-tienda. Qué placer.

martes, 22 de octubre de 2013

La felicidad 2



No puedo evitar dedicar otro post al ranking de felicidad por países que elabora la O.N.U., que es algo absurdo a lo que dedicar el dinero público con el que los ciudadanos de los Países Miembros financiamos esta institución.
Decía Noam Chomsky que cuando una institución hace una campaña publicitaria para promocionar o evitar algo es porque no está haciendo lo suficiente para solucionar el problema y yo creo que en esto a Noam no le falta razón. Hacen una encuesta unida a una serie de apariciones en televisión y así dan la sensación de estar ocupándose del asunto.

lunes, 21 de octubre de 2013

la felicidad 1

Felicidad

Veo en los telediarios que hay un ranking de felicidad por países que elabora la O.N.U. Por lo visto nadie parece darse cuenta de que de la competitividad a la agresión hay solo un paso, aunque también puede ser, según indica todo lo que está ocurriendo, que es eso lo que realmente quieren que hagamos: competir, competir, competir y competir hasta la trampa, hasta el engaño, hasta la mentira, hasta el fraude, hasta el robo, hasta la agresión, como han hecho ellos para llegar hasta donde están.
Competir hasta para ver qué país “es más feliz”, hasta aquí llega su absurdo.
En fin, así nos va.

jueves, 17 de octubre de 2013

la protesta

La protesta está bien pero solo es reacción. Necesitamos acción no violenta, positiva, creativa y creadora para cambiar las cosas profundamente.
Si de verdad queremos cambiar las cosas no podemos quedarnos en una lucha meramente superficial por los recursos materiales. Esa lucha la tenemos perdida de antemano porque los que manejan los recursos tienen también los medios para seguir acumulándolos y esto queda demostrado claramente puesto que con estos medios han llegado a acumular lo que ya tienen. Esta reacción por conservar las cosas solo nos desgasta y nos resta energías para el verdadero cambio, que debe ser interior, para después extenderse al entorno. El ser humano debe ir más allá de las cosas para poder ver lo verdaderamente bueno que casi siempre está allí y que es sistemáticamente ignorado por todos nosotros.
Debemos renunciar a los objetos para dejar de ser explotados y expoliados cuando por fin conseguimos acumular algo. Hablo incluso de renunciar a una vida cómoda y longeva para poder acceder a una vida plena llena de sentido y verdaderamente humana.
¿No lo ves claro? Solo te haré una pregunta, ¿qué ha sido lo mejor de tu vida y quién te lo ha dado?

domingo, 6 de octubre de 2013

"La Bolsa"

    Una vez , como no en un café, vi a un hombre que por lo anodino que era  llamó mi atención. Tendría  unos sesenta y cinco años, algo calvo con barba gris y una bufanda verde oscura de paño que nunca se quitaba. La llevó todos los días que yo le vi allí.
    Pasaba las horas mirando de reojo la televisión. Echaba un vistazo rápido la televisión y luego al suelo, aunque cuando miraba al suelo lo hacía con una actitud de concentración muy intensa. No se cansaba. Parecía como si quisiera mirar el televisor pero luego se arrepintiese e intentara, mediante esos segundos de concentración mirando al suelo, evitar la tentación de volver a caer bajo su influjo. Digo que parecía que este ese era el motivo de sus movimientos de cabeza porque cuando en vez de mirarle solo a él, se me ocurrió observar al mismo tiempo sus movimientos y la pantalla, entonces y solo entonces, entendí la relación entre sus cabeceos y las imágenes que aparecía en la pantalla. Tardé varios minutos en darme cuenta y varios días en creer lo que había descubierto.

miércoles, 2 de octubre de 2013

El tiempo pasa


El tiempo pasa. Un infinito que se desliza hacia la nada de un modo absurdo. El tiempo existe, él me hizo estas heridas. Bajo su manto líquido y frío  pude cantar, leer, sufrir y amar aunque nunca tanto o tan poco como quise. Solo quiero desaparecer en medio de la música.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Los vendedores de juguetes

 
 Recuerdo hace unos años cuando una ministra, no recuerdo de que gobierno, apareció en los medios diciendo que se iba a prohibir que  los juguetes y los cromos se utilizaran como reclamos para venderles a los niños comida basura. Estuve pendiente de esta noticia unos meses, me interesaba mucho porque yo tenía una juguetería.
   Un día pasó por la tienda un representante de juguetes que con el tiempo se hizo también amigo y le saqué la conversación. El me dijo:

- Ya te puedes olvidar.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Nebraska Springsteen



Nebraska fue el sexto disco de Springsteen, el quinto fue “The River”, que era un doble disco de rock. Así que Bruce, en su mejor momento, decidió irse a su casa con un grabador de ocho pistas y grabó, el solo, estas diez canciones intimistas y de gran carga social. No todos los artistas son capaces de jugársela así, volviendo a sus orígenes (en este caso de cantautor folk al estilo Dylan) en un momento tan dulce.
Fue todo un detalle por parte de la discográfica dejarle publicar este disco tal como él lo grabó, hay momentos en que si te fijas bien puedes oír el ruido de la silla de mimbre en la que Bruce estaba sentado, aunque, efectivamente, la discográfica era Columbia, la misma de Dylan y ya sabían lo que hacían. Sólo por publicar la canción titulada “Higway Patrolman” la cosa merecía la pena.
Si tienes algún recelo hacia Springsteen déjalo a un lado, este disco es de los buenos.

martes, 24 de septiembre de 2013

Rain Dogs (Conectando con Tom Waits)

Escuchando a Tom Waits con toda su fuerza desesperada y su melancolía desgarradora me reconcilio un poco con el género humano porque veo en él un lejano y viejo compañero.
Lo imagino como alguien que ha tenido que sufrir mucho para poder componer todas esas buenas canciones sublimando su dolor.
Siento que debo seguir formando parte de todo eso, muy modestamente, claro. Formar parte de la música y del arte que consiste en transformar todo ese dolor en algo que se pueda usar e incluso amar, como unas palabras o una canción.

sábado, 21 de septiembre de 2013

cosas viejas, cosas nuevas


Antes, los objetos tenían una vida útil  e incluso emocionalmente satisfactoria para ellas mismas. Uno podía volver a casa de sus padres un domingo y abrir una botella de vino para la comida con el mismo sacacorchos que ya estaba en la casa cuando era pequeño.
Los objetos nos traspasaban su satisfacción haciéndonos recordar episodios de nuestra infancia  o de otras épocas y por ello existía armonía entre ellos y nosotros.  Nos daban seguridad y serenidad.

martes, 17 de septiembre de 2013

Que tenga suerte

Últimamente he oído mucho esa frase. A veces las palabras son lo único que las personas pueden ofrecer a alguien que lo necesita todo.

A menudo estas palabras se dicen con empatía y sinceridad, otras veces se dicen con miedo a ser “contagiado” por la fortuna del receptor. En otras ocasiones la frase es pura cortesía, pero aun así, las palabras son siempre un regalo así que, usa las palabras para mejorar el mundo. Este es un método de cambio barato, una energía limpia, sin costes e inagotable. 
Casi se me olvida, que tengas suerte tu también.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar

¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase, correcta pero siempre interpretada de una forma superficial? Esta es la matraca con la que los mayores atormentan a los niños para que ordenen sus cuartos, pero generalmente esos lugares elegidos por los padres no son los correctos porque solo son buenos desde el punto de vista visual o, en el mejor de los casos, funcional. No se eligen los lugares verdaderamente adecuados. ¿Está este libro de Murakami que ya hemos leído correctamente ordenado en la estantería junto con los otros libros ya leídos? Superficialmente sí pero, ¿no estaría ese libro mucho mejor en una biblioteca pública donde todos pudiéramos leerlo? ¿Y no estaría mejor también en las manos de mi amiga Ana que es fan de Murakami?

viernes, 13 de septiembre de 2013

Los cajones

Enfrentarme con los cajones. Allí me espera el pasado con todas sus conexiones neuronales. Lo retraso. Leo, como intenta dormir un enfermo para aguantar hasta la hora del próximo calmante.
            Al enfermo no le importará lo que sueñe si logra dormirse y a mí no me importa lo que leo mientras me adormezca.
            Llevo muchas páginas pasadas con la punta de mis dedos y creo que en los libros he aprendido muchas cosas a las que por desgracia hoy en día es muy difícil sacarles partido. Vaya, ya estoy pensando en mis cosas de nuevo. Vuelvo a tomarme mi dosis de libros, café y Orfidal a partes iguales.



jueves, 12 de septiembre de 2013

La pandilla


Todos en  el grupo estábamos enamorados de R y en el fondo todos lo sabíamos. Como casi siempre en estos casos ella no estaba sola. Su relación con F era tortuosa y en el fondo todos lo sabíamos.
  Un día R dejó a F y se fue con A.  Al poco tiempo A se fue a un largo viaje y entonces A. ante mi sorpresa  me pidió que estuviera pendiente de R. -¿La llamarás por favor y quedarás algún día con ella? Solo la llamé una vez , fuimos a tomar un café y al cine. me sentía tan atraído por ella que aquellas tres horas fueron insoportables, tanto que no la volví a llamar.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Antes de dormirme


El otro día antes de dormirme pensé “Si muriera esta noche ¿qué me llevaría yo a la tumba?” se me ocurrieron algunas cosas y de algunas me sentí aliviado otras me dieron risa y en medio de la oscuridad no pude evitar esbozar una sonrisa. Imaginé que por supuesto todas las personas se llevan algo a la tumba. ¿Y si alguien inventara una máquina para sacarle información a los muertos antes de enterrarlos? ¿sería seguro morirse entonces? ¿ y si esa máquina cayera en manos de algún ministro? Un  intenso escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

martes, 10 de septiembre de 2013

El Porvenir


No es lo mismo “el porvenir” que “el por llegar”. El porvenir está lleno de ilusión o al menos de esperanza.
            Cuando la ilusión y la esperanza desaparecen llega “el por llegar”, que es vivir en el presente pero no de una forma voluntaria como haría un maestro zen.
            El por llegar viene cuando ya no se espera nada de la vida, ni bueno ni malo. Ya no se trata de ser o de llegar o de llegar a ser o de hacer o de dejar de hacer o simplemente de tener. Solo se trata de “estar”, como hacían nuestras abuelas.
                ¿Qué hace, abuela?
                Pues que voy a hacer, nada, estarme.

lunes, 9 de septiembre de 2013

La señora del tren


Voy en un tren regional entre Zaragoza y Vila-Seca. Hay una señora que sube al tren en todas las paradas y que siempre mira mi bocadillo con envidia y con recelo.
No hablo en sentido figurado, no digo que suban mujeres que se parecen. Digo exactamente lo que he dicho. Digo que la misma mujer gorda y mayor sube por la puerta de mi vagón en cada estación.
Sé que no estoy loco, al menos de momento, así que solo se me ocurre una explicación plausible: que también baje la señora en todas las paradas por la puerta de otro vagón para volver a subir por la puerta del mío y hacer como que coge muchos trenes, como que viaja mucho desde muchos lugares diferentes.
¿Lo hace para aprovechar el viaje? ¿Se aburre? ¿Es supersticiosa y cree que si no sube y baja en cada estación el tren descarrilará? ¿Está loca? ¿Se considera a sí misma una especie de superheroína protectora del tren? Pero sobre todo, si es así, ¿por qué mira con envidia y con recelo mi bocadillo cada vez? Al fin y al cabo no es una gallina y dentro solo lleva queso.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Antes de dormir la siesta


Antes de dormir la siesta pienso en formar un grupo antisistema no violento, uno verdaderamente moderno que realizara acciones de protesta inocuas y con mucho humor. Pienso en las cosas que podría hacer este grupo como ir a las grandes superficies comerciales a soltar tremendas flatulencias y, por tanto, bautizo a este grupo como “El club del metano”.
El club del metano podría realizar acciones como ir a ingresar y a sacar un euro todos los días de las cuentas bancarias, pegar pegatinas de “fuera de servicio” en los urinarios públicos o en los parquímetros. También podría ir a misa a ocupar los bancos de las primeras filas (aunque esto supondría ya un sacrificio extremo) y desafinar como las abuelas en los cánticos.

martes, 3 de septiembre de 2013

Bob Dylan Crónicas.


Me gustaría recomendaros las memorias de Bob Dylan publicadas por “RBA”. Se trata del volumen 1 y por eso espero que haya más. Parece que el libro estaba escrito desde 2004 y también parece que su reciente publicación se debe a la concesión a este cantautor del premio Príncipe de Asturias de las artes (Que no recogió pero si agradeció).
La narración comienza con el joven Dylan, todavía menor de edad, firmando un contrato discográfico con el mítico John Hammond, descubridor de muchos de los grandes (como, por ejemplo, Billie Holliday), y con un recorrido por los personajes y bares del Nueva York, al que llegó buscando una oportunidad. Más tarde habla Dylan también de su novia Suze Rotolo que es la chica con la que aparece en la portada de su segundo disco y aclara y desmitifica su papel en la política de los 60.
Este libro esta lleno de poesía y es una magnífica forma de introducirse en la música de esta época, pero sobre todo sirve para darse cuenta de todo lo que ya sabía Bob Dylan cuando parecía que no sabía nada. Ante todo sabía escuchar (habilidad muy poco corriente en el ser humano y paradójicamente mucho menos frecuente entre los músicos), pero además sabía observar y absorber todo lo que le rodeaba. En alguna parte de este relato Bob dice que no había canciones malas, sólo diferentes tipos de canciones buenas, creo, o quiero creer, que esta humildad le llevó a sacar siempre alguna enseñanza de todo lo que escuchaba….en fin, así le fue.
Espero que lo disfrutéis.

sábado, 31 de agosto de 2013

El día que lo pierdes todo.

El día que lo pierdes todo no lo pierdes todo, eso es imposible: toda moneda tiene al menos dos caras.

Pierdes, eso es cierto, al amigo que no se entera de tu pérdida y lo tratas dentro de tus pensamientosde insensible, aunque no le digas nada porque sabes que en el fondo nunca estuvo en tu lugar ni en ninguna otra parte que mereciera la pena ser vivida.

El día que lo pierdes todo recuperan su pasión y su angustia, las viejas canciones y la noche entera, todo su insomnio.

El día que lo pierdes todo recuperas la razón y ella a su vez recupera su tristeza y su rabia, que son la antesala de la fuerza que necesitas para seguir adelante.

El día que lo pierdes todo pierdes también el respeto por tus enemigos: a veces una pérdida es una gran ganancia.

Recuperas el cuerpo, que es lo único que siempre te queda y también recuperas, cómo no, tu dignidad y tu orgullo.

Descubres que puedes seguir escribiendo en las situaciones más adversas pero, sobre todo, el día que lo pierdes todo ganas el conocer en un solo instante la medida exacta de todas las cosas, de la gente y de la grandeza de algunos de los que te rodean.

viernes, 30 de agosto de 2013

la carta

Todo los días a las dos y media, después de comer solo, dirijo mis pasos hacia el café “las Glorias”. Nunca he dormido mucho por la noche, no me hace falta dormir mucho, así que a temporadas cambio la siesta por un rato de lectura. 
Hace unos meses comenzó a ir por allí una chica como de unos dieciocho años bastante guapa, que a esa hora se ponía en una mesa desde donde los dos podíamos vernos sin molestarnos y sacaba un cuaderno bueno, de esos que llevan una goma para cerrar las tapas, y allí pasábamos unas horas los dos casi solos, ella escribiendo y yo leyendo.

jueves, 29 de agosto de 2013

Cierra los ojos.

Cuando ya llevaba diez años de terapia la psicóloga me dijo:
—Quique, cuando viniste aquí hace ya diez años estabas muy deteriorado por todas tus vivencias. Hemos trabajado mucho y estoy orgullosa de cómo has trabajado, porque ha sido muy duro.
—Muchas gracias, E.— dije yo.
Esta psicóloga, como muchos otros profesionales de la psicología clínica, utiliza una técnica conocida como E. M. D. R. Ella lo explicaría mejor pero es algo así como estimular el cerebro a través del movimiento de los ojos. Por medio de unas técnicas se simula el movimiento que hacen los ojos cuando dormimos para poder, estando plenamente conscientes, acceder a imágenes mentales y contenidos que están almacenados en el cerebro. Las imágenes van viniendo y el paciente, con la ayuda del terapeuta, va reorganizando todos esos pensamientos, recuerdos y sensaciones.

martes, 27 de agosto de 2013

La iglesia.

   Sueño que estoy en una gran catedral con Anabel. Estamos guardando fila para ver al Papa. Esto es muy raro porque ninguno de los dos somos aficionados a estas cosas, pero estamos los primeros e incluso hay unas personas que intentan colarse y nosotros marcando nuestro territorio se lo impedimos. La fila está organizada como digo dentro de una gran catedral toda de mármol y hay un reclinatorio que hace de barrera para que la gente sepa que de ahí no puede pasar. Las diferentes personas que esperan no se empujan hay espacio entre unos y otros. Aparecen dos personajes vestidos con casullas blancas y tiaras y estolas rojas, pasan por delante de nosotros y por delante del reclinatorio y, según pasan, uno de ellos dice:

lunes, 26 de agosto de 2013

Los Libros

Si no fuera por la música y sobre todo por los libros yo estaría muerto.
Tengo como todo el mundo un vacío dentro del pecho, pero en mi caso, por mis vivencias o por la razón que sea, este agujero es algo más grande y además está vivo.
Este ser vivo está lleno de una soledad y de una tristeza inconmovibles. Su metabolismo es extraño: si no le doy algo con lo que entretenerse, algo de música o de lectura, comienza a crecer en todas direcciones hacia fuera, como un animal salvaje que presiona mis pulmones y se retuerce con todas sus fuerzas asfixiándome con su soledad y con su tristeza. En esos momentos creo que voy a morirme de pena.
Cuando lo entretengo, cuando encuentro un buen libro, se calma por un momento, su tamaño se reduce y hasta a veces parece que ya no está aunque produce un ruido sordo, un ronroneo que nunca desaparece por completo para que yo sepa que está allí.

sábado, 24 de agosto de 2013

El chico del desierto

           Estos días he recordado que hace años vino a la tienda un niño muy moreno, de unos ocho años  de ojos grandes y negros y de  grandes rizos también negros con unos adultos. No se si eran familiares o padres de acogida pero me inclino por esto último.

jueves, 22 de agosto de 2013

Zapatos nuevos zapatos viejos

Zapatos nuevos zapatos viejos

Me sorprendo mirando zapatos de verano delante de varios escaparates, pero lo cierto es que si lo pienso tengo varios pares que, aunque no son nuevos, tampoco están mal. Pienso en qué es lo que se esconde tras esta pequeña compulsión. Está claro que la sociedad te impulsa al consumo, que los escaparates son atractivos, pero también creo que las personas son en general inteligentes y conocen las estrategias del mercado, así que tiene que haber una razón más profunda.

miércoles, 21 de agosto de 2013

La maleta

Lo mejor es que nos separemos, me estás maltratando.
                    Tienes razón. No te estoy tratando bien. 
                    -Yo estoy a punto de explotar. Cuando llego a casa y tú ya estás dormida me gustaría poder dormir en el sofá, pero es tan pequeño que no quepo y cuando me meto en la cama contigo tengo ataques de ansiedad y de pánico, ya sabes que yo jamás te haría daño, ni siquiera te levantaría la mano, pero me estás tratando tan mal y me siento tan humillado y enfadado que cuando me meto a la cama contigo me da miedo matarte estando dormido sin darme cuenta y, aunque sé que eso solo pasa en las películas, me duermo todos los días aterrado.

martes, 20 de agosto de 2013

las cabezas comunicantes



Juan siempre había vivido en el pueblo. Fue viendo con envidia cómo todos sus amigos se marchaban a la capital, primero a estudiar y después a buscar trabajo y a formar una familia. También vio con gran tristeza cómo se marchaba María, su primer amor de la infancia y de la adolescencia, ya casada con su amigo Diego. Aquello fue un golpe duro que le agrió el carácter durante años. Pero a pesar de todo aquello, allí se quedó en la vieja casa de su padre, un caserón enorme con un pasillo cerrada lleno de habitaciones cerradas desde siempre. Juan recordaba nítidamente la única vez que había estado en el pasillo de las habitaciones cerradas. Era verano, él venía de la calle, había mucha gente en la casa, algo grave había ocurrido porque los mayores apenas le saludaban. Vio cómo bajaban por las escaleras un bulto enorme envuelto en sábanas blancas. A pesar de tener solo diez años se dio cuenta de que aquello era un cadáver.

lunes, 19 de agosto de 2013

Los abuelos del bar

         Es domingo por la mañana y estoy esperando a los demás músicos del grupo. Tenemos una grabación. Es el segundo y último día y ya está grabado lo más importante. Me he despertado algo antes de que sonara el despertador y he decidido ir un poco antes al bar para tomar un café tranquilo y leer un poco, aunque sea diez minutos.

La mudanza


            Él había llevado a la casa que iba a ser de los dos algunos muebles.
            Se separaron.
            Un día, acompañado por su hermana va a la casa de su ex. Ella ha preparado todo lo que no quiere. Lo que no quiere es todo.
            Los hermanos descubren que entre una de las cajas de cosas asoma un bote de Nescafé. No lo recordaba. Ella tomaba café de cafetera y el Nescafé, por tanto, era suyo.

            No tienen coche ni saben conducir. Harán la mudanza de las cosas pequeñas en un taxi grande. Ya han quedado en esto con un taxista. Por fin aparece el taxi, que es como los de Londres y esa mañana en Zaragoza hacen dos viajes cargados hasta los topes en el taxi “de Londres”.

miércoles, 14 de agosto de 2013

El cuerpo.

Después del agotador día a día solo queda el cuerpo. Puedo asegurarte que solo el cansancio te hará libre de tus miedos. Llegará un día en que estarás tan cansado que lo que vaya a pasar al día siguiente, por malo que sea, no te importará y solo te dirás medio en sueños “eso de mañana, será mañana. Ahora, en este preciso momento, nadie va a molestarme”. Después de la risa o el llanto también solo queda el cuerpo.

Al preso en su cárcel física o mental solo le queda el cuerpo, para lo malo y también para lo bueno. Para sentir el placer de respirar, del descanso, del frugal plato en la mesa, el placer de la piel, sea donde sea que este se produzca.
Al final solo nos queda el cuerpo. Por más objetos que tengamos, que nos den o que nos quiten, al final solo queda el cuerpo, así es y así debería haber sido siempre.

martes, 13 de agosto de 2013

El Parto

         Tiene veintiún años y rechaza la anestesia. Quiere parir “como una verdadera mujer”. El bebé viene de nalgas, lo mismo no quiere salir porque de alguna forma intuye la tristeza que le espera, que no es otra que la que le envuelve.

viernes, 9 de agosto de 2013

Peleas

Nunca me peleé por gusto, aunque si me hubiera gustado más la violencia seguramente me habría ido mejor.
Simplemente me defendía cuando ya no quedaba más remedio que defenderse a golpes. Al cabo de los años me di cuenta de lo productivas que habían sido esas peleas, esos golpes o esas encerronas que le preparaba a los chulitos del grupo cuando no estaban en grupo.

jueves, 8 de agosto de 2013

El R12

Todos los días iba a caminar a un parque cercano y, aunque siempre veía las mismas cosas, las mismas caras, nunca se aburría de hacer el mismo trayecto porque mientras andaba le gustaba ir descubriendo los pequeños detalles que cambiaban.
Todo el barrio iba cambiando poco a poco, eran cambios sutiles pero reforzaban su sensación de estar vivo. La bicicleta que asomaba una rueda por el balcón de un primer piso ya no estaba, la pintada de “zona roja” que había estado al principio de la calle durante años había sido eliminada con otra capa de pintura, la chica de la gasolinera tampoco estaba o la habían despedido por fumar detrás de la garita o la habían cambiado de turno, porque él hacía semanas que ya no la veía. Ese control de los cambios, el saber que había un orden en el que todo cambiaba le daba una sensación de poder sobre su entorno cercano que había llegado a necesitar más que sus paseos matutinos.

martes, 6 de agosto de 2013

Ida y vuelta a San Blas

Teníamos dieciocho años. Acababa de romper con una novia y no tenía ganas de nada. Un amigo intentaba animarme con un plan que ya desde el principio se veía que era absurdo:
—Quique, tengo una novieta estupenda, la tienes que conocer.
—No me apetece conocer a nadie, David, de verdad.
—Mira, tiene una prima. El sábado ellas se van a su pueblo, nos vamos con ellas en el autobús, yo me enrollo con mi novia y tú con su prima.
—Pero hombre, eso será si la prima quiere y además, a mí tampoco me apetece. Oye David —continué—, ¿tú sabes que las demás personas pueden tener también sus gustos y sus planes? Lo digo por la prima de tu novia. Lo mismo tiene novio, o le gusta uno de su pueblo o de por ahí, o yo no le gusto, ¿sabes?
—Bueno, bueno, cómo te pones. Me doy cuenta, hombre, pero era por animarte.
Al ver que yo no cedía cambió de estrategia:
—Me tienes que acompañar, por favor. Es que allí estará su familia rondando y me da mucha vergüenza ir solo.
Al final accedí. No tenía nada que perder, pensé.

viernes, 2 de agosto de 2013

Viaje a ninguna parte

Me subo a un autobús para ir a un pueblo cercano a Zaragoza. Es un trayecto que hago dos veces por semana, así que las cosas suceden más o menos igual con ligeras diferencias.
Lo primero que hace la conductora algunas veces cuando llega es dejar el autobús cerrado, dejándonos a todos en la calle, haga frío o calor, e irse al bar que hay junto a la parada. Unas veces nos dice que va a tomarse un café y otras nos anuncia que va “a mear”. Cuando alguna abuela que ya la conoce le dice “Menganita, chica di: voy al baño o a hacer pis”, ella contesta “pues si voy a mear pues a mear voy”. Cada cual, por supuesto, es muy libre.

jueves, 1 de agosto de 2013

La gente que llevo dentro

Cuando la gente viene a nuestra juguetería y me dice “es que yo tengo una niña dentro” yo les respondo “yo llevo varios dentro y tengo un follón en la cabeza que no vea”.
Y aunque lo digo en broma esa es en realidad la verdad. Tengo localizados tres pequeños Quiques de menos de diez años, un preadolescente, dos que tienen entre los trece y los veinte, dos veinteañeros, un Quique de treinta y tantos más el de cuarenta que es Quique actual. Somos nueve Quiques en mi cabeza. Solo espero que en el futuro solo se me acumule uno por década.
Normalmente algunos no aparecen nunca salvo cuando les molesta algo y casi siempre estoy solo yo, el de cuarenta.

viernes, 26 de julio de 2013

La abuela Pilar.

La madre de mi padre, cuando cumplió noventa y dos años dijo con aquella voz tan fina que tenía:
—Noventa y dos años y todavía por aquí, ¡qué vergüenza!
Como si estuviera ocupando un lugar que no le correspondiera o estuviera quitándole el sitio a alguien o algo así.

lunes, 22 de julio de 2013

Josele

josele

Josele era un gran amigo de mi padre y también mi padrino. Josele  nombró albacéa a mi padre que una vez me dijo, una vez fallecido su amigo, que menos mal que cuando pasó todo sus hijos Julio y Mercedes ya eran mayores porque mi padre nunca le han gustado estas cosas.Yo le quería mucho era una persona estupenda muy cariñoso y alegre.

sábado, 20 de julio de 2013

Berta

Mi tía Berta es hermana de mi madre y además mi madrina. A veces, aunque la quiero mucho, no alcanzo a entender cómo mis padres pensaron que si a ellos les pasaba algo Berta sería la persona más adecuada para cuidarme, aunque si lo pienso bien la verdad es que ella se ocupó de mí muchas veces y muy bien. Por ejemplo cuando estuve en casa enfermo varios meses y acababa de tener a su única hija, Inés, ella fue la que me cuidó durante mi convalecencia, lo que siempre le agradeceré.

miércoles, 17 de julio de 2013

la señora de la niña. Una historia triste.

Una señora entra y me pregunta:
                   ¿Las mariquitas esas son juntas o separadas?
                   Son marionetas, señora y van separadas.
                   Es que tengo que hacer un regalo a una niña y no sé cuántos años tiene.
                   Pues pregunte, señora, porque es muy importante saber la edad.
                   Es la hija del cocinero del restaurante X.

martes, 16 de julio de 2013

La Rumana

La rumana

            Entra una señora rumana y me dice que ya sabe que no hago fotocopias (el cartel como veis sirve de poco). Le digo:
                        Enfrente, donde pone "Planos". Pero señora, si ve un cartel así de "No hacemos fotocopias” es para evitar que las personas pregunten, ¿sabe? Muchos días 100 personas preguntan y estoy un poco harto (aquí he exagerado un poco). Ella ha asentido y después de sonreír ha contestado:
                        ¿Dónde?
                        Enfrente, donde pone "Planos"
            Sigue sin entenderlo, así que tengo que levantarme y señalarle desde la puerta: "enfrente, donde pone “Planos".

lunes, 15 de julio de 2013

El vecindario.

      Esta es la segunda vez en varios años que oigo esta conversación desde mi sofá sin poder evitarlo. La calle es estrecha, los gritos altos y esta gente está todo el día en el medio metro de acera que tienen. Las dos conversaciones se producen en el momento en que una de las hijas de la señora llega a la adolescencia y empieza a ir con un mozo.

sábado, 13 de julio de 2013

E.

Conocí a E. en primero de B.U.P. Yo era nuevo, ella era mi compañera de delante y se sentaba con L.
         En un cambio de clase me senté en su pupitre; ella vino y me dijo:
                   Eh, quita de ahí.
                   Lo siento dije yo.

viernes, 12 de julio de 2013

la teoría de los Atractors y los Palizas de Pedro S.

Esta mañana, acordándome de mi tío Pedro he recordado una teoría que tenía y se me ha ocurrido contarla.
Pedro pasaba mucho tiempo en los bares, pedía un café o una caña, se sentaba en la barra y se quedaba allí fumando y, ensoñado, pensando en sus cosas. Con su aspecto apacible y tranquilo era el blanco perfecto de los palizas.

jueves, 11 de julio de 2013

L.

Aquel día andaba algo mosqueado. Antes de abrir el bar nos habían desaparecido unos palilleros en forma de rana, yo no podía entenderlo. Además, la semana anterior habían desaparecido dos palmatorias de las que poníamos  en las mesas con sus velas. No eran cosas de valor, las habíamos comprado en un bazar, pero daba rabia el tener que volver a hacer el trabajo de ir a buscar cosas originales que dieran ambiente al bar.

miércoles, 10 de julio de 2013

Depresión

Lo peor de la depresión es que solo la entiende el que la ha pasado o quien ha tenido a alguien cerca sufriéndola.
         Recuerdo al principio, cuando estaba todavía sin diagnosticar. Fui al centro de salud, al servicio de urgencias de la tarde, porque tenía mucha ansiedad. Yo, pobrecico mío, quería que me recetaran Dogmatil, que es un medicamento que en realidad es para los mareos y los vértigos y que había tomado alguna vez cuando estaba muy nervioso de niño. Un medicamento que se puede comprar sin receta, pero eso lo supe después.

martes, 9 de julio de 2013

Clases de guitarra.

                 Cuando decidí por fin intentar ser músico mi padre, que me había enseñado los rudimentos básicos de la guitarra, me llevó a clases particulares con el profesor P.
P. era un gran guitarrista y una gran persona, pero no logré aprender nada de él

lunes, 8 de julio de 2013

C.

    Conozco a C. desde que teníamos Casa Lac. Cuando hacíamos las actuaciones musicales en el comedor y la veíamos llegar había que decirle: “C., ¿has apagado el móvil? Mira que la última vez te sonó en medio de la actuación”. Y ella contestaba: “Ay sí, qué vergüenza. Ahora lo apago, gracias”.
         Cuando iba a empezar la actuación me volvía a acercar y le decía, ya susurrando: “C., el móvil”. Y entonces era cuando C. apagaba el móvil.

sábado, 6 de julio de 2013

la llave

  La Llave

         Los últimos meses que pasamos en Casa Lac fueron muy intensos. Mi hermana Elena estaba embarazada de su primer hijo, la abuela Pilar estaba muy enferma, Pili la persona que ayudaba mi madre en la cocina y que era ya de la familia después de tantos años estaba de baja con la rodilla hecha polvo, todos estábamos agotados porque faltaba personal y a todo esto se sumaba la posibilidad de “vender” el negocio y las negociaciones nos tenían a mis padres a mi hermana y a mí algo alterados.
         El restaurante ocupaba la planta calle y el primer piso y, en el rellano del tercero, había una puerta por la que se accedía a nuestra casa. Justo al lado de la puerta había una pequeña mesa con unas faldas y, colgando de esa mesa, estaba la llave de la puerta. Desde el principio yo protesté mucho. Mi madre quería que la llave estuviera allí, era más cómodo porque todos subíamos y bajábamos muchas veces al día y era normal dejarse la llave arriba o abajo. Yo le decía a mi madre que si viviera en la casa de al lado llevaría la llave encima como todo el mundo y nunca se le olvidaría, pero a pesar de mis quejas y del riesgo que suponía la cantidad de gente que subía hasta ese rellano, puesto que el baño de caballeros estaba en al lado de la puerta y de la cantidad de personas a las que a lo largo de los años se les había dicho “por comodidad” dónde estaba la llave, la llave siguió allí de principio a fin.
         Cuando se abría con esa llave además había que acordarse de que al otro lado de la puerta la mayoría de las veces estaba nuestro gato Cosme dispuesto a escaparse hacia las cocinas. Muchas mañanas me tocaba comenzar el día persiguiendo al felino por los dos sótanos y las dos plantas de restaurante que además estaban unidas entre sí por multitud de puertas y escaleras que estaban ocultas al público. Esto había que hacerlo antes de abrir el bar para que Cosme no se largara a la calle. Que Cosme no se escapara tenía su aquel, porque eran muchos años ya de jugar al gato y al ratón. Cuando se quería subir a casa había que llevar una bolsa. Abrías la puerta con una mano y con la otra sujetabas la bolsa a la altura de los pies y de Cosme. El gato retrocedía porque no veía la salida y tú entrabas y cerrabas la puerta. Para bajar, como el felino se pegaba como una lapa a la puerta para salir disparado en cuanto se abriera una rendija, había que coger a Cosme y depositarlo en la barandilla de la escalera. No sabemos por qué, pero desde allí no intentaba escaparse.
         La culpable de estas escapadas mañaneras era Carmen, la señora de la limpieza, a la que todos los días se le escapaba el gato. Aquella mujer es sin duda alguna la persona más bruta que he conocido en mi vida. Nos sometía a mi hermana y a mí a unos interrogatorios absurdos e impropios de nuestra edad y nos decía a veces cosas terribles. Una vez me pregunto:
                   Oye chico, chico, ¿tú fumas?
                   Pues no, no fumo.
                   No querría tener yo un hijo como tú, que fuma.
                   Oiga, que yo no he fumado en mi vida.
                   Claro, así huele todo.
         La señora no tenía en cuenta que vivíamos encima de un bar.
                   Bueno, Carmen, si usted quiere fumo, pero vamos a dejarlo.
                   Muy bien, si fumas lo dejamos.

         Como ya estaba harto de perseguir a Cosme todas las mañanas y de que Carmen no tuviera cuidado, utilizando su propio lenguaje un día le dije:
                   Oiga, Carmen, ¿sabe qué le digo? Que el gato ese es más listo que usted.
                   ¡Anda con el tío este! ¿No te jode?
                   Bueno, Carmen, no se lo tome a mal. Usted dirá lo que quiera pero el gato todos los días le gana la partida.
         La cosa tuvo su efecto y a Carmen nunca más se le volvió a escapar Cosme.
         Andábamos como digo muy ajetreados y un buen día Carmen no pudo subir a limpiar la casa porque la llave había desaparecido. Saltó la alarma general, buscamos por los alrededores por si se había caído, preguntamos a todas las trabajadoras aunque sabíamos que no habían sido ellas porque eran amigas de plena confianza.
         Nos reunimos para pensar. La llave había desaparecido por la noche, porque todos habíamos entrado a casa con ella. ¿Quién había sido el último? Había sido yo y la había dejado donde siempre. ¿Podía ser que alguien se la hubiera llevado para entrar otro día? Aquello era aterrador, pero no tenía sentido. Al llevarse la llave el posible ladrón levantaba la liebre y, sin embargo, dejándola en su sitio se aseguraba la entrada.
         Llevábamos ya varios días dándole vueltas al asunto de la llave sin encontrar la solución a su misteriosa desaparición y, al tercer día, cuando estábamos comiendo, en mitad de la comida mi padre se levantó y, sin decir palabra, comenzó a subir las escaleras. A los tres minutos bajó, se paró unos cuantos escalones antes de llegar adonde estábamos comiendo y, levantando el brazo, nos enseñó la llave.
                   ¡Anda! ¿Dónde estaba? Preguntó mi hermana.
                   Pues es que me acabo de acordar de que el otro día tuve un sueño. Había un peligro que acechaba y yo no sabía de dónde venía. Yo quería proteger a mi familia y pensaba en mi sueño que la puerta estaba abierta. Ahora comiendo he pensado, “¿y si me levanté yo sonámbulo y cogí la llave?”. Y he ido a mi mesilla y allí estaba.
                   Hace mucho que no te levantabas sonámbulo, Ricardo dijo mi madre.
         Era verdad, yo ni siquiera me acordaba de que mi padre es sonámbulo.

         Hace unos días, cuando le pregunté a mi padre si le importaba que contara esta historia, a lo cual, como se ve, accedió encantado, me dijo:
                   ¿Sabes lo más curioso? Los sonámbulos se comportan, cuando están en estado de sonambulismo, igual que se comportan en la vida real, así que estoy seguro de que para abrir la puerta que colgaba al otro lado tuve que coger a Cosme y ponerlo en la barandilla, porque no se escapó.
                   Pues es verdad, Papá, no se escapó el gato.
                   ¿Cómo puedo no acordarme, verdad? Qué cosas.
                   Sí, Papá, qué cosicas tenemos en esta familia.

viernes, 5 de julio de 2013

Otra vez en la tienda con cuatro señoras

Hacía un calor espantoso a las cinco y media de la tarde y yo estaba apalancado delante del ordenador y con el ventilador bien cerca cuando veo que entra una mujer de unos cuarenta años. Inmediatamente veo a otras tres mujeres, estas algo más mayores, que están en el escaparate. Una de ellas golpea el cristal mientras grita “¡Fulanitaaaa! ¡El autobús, que no volvemos al pueblo!”.

jueves, 4 de julio de 2013

La luz

Yo siempre he pensado que mi abuelo Enrique seguía en la casa de Huesca a pesar de haber dejado este mundo en 1972. Aquel era un caserón enorme y mi abuela habitaba solo una pequeña parte. El suelo de la cocina estaba medio hundido por un extremo. Tío Camilo, que era hermano de mi abuela y el propietario de la casa, tardaba mucho en arreglarlo y la verdad es que con el socavón que había parecía que la cocina se podía venir abajo en cualquier momento.

miércoles, 3 de julio de 2013

la cena

Debía de tener seis o siete años cuando me sucedió una de las cosas más raras que me han pasado en mi vida. Estaba con mi hermana Elena y mi madre nos estaba dando de cenar en la cocina. Salchichas con tomate y una tortilla francesa. Los dos estábamos sentados frente a una mesa azul y desde mi sitio veía claramente una de las dos puertas de la cocina que estaba entreabierta.

martes, 2 de julio de 2013

Todas las mañanas

Todas las mañanas salgo a hacer algo de ejercicio y casi todas las mañanas veo casi las mismas cosas. Hay por ejemplo un indigente que duerme justo donde comienzo mi recorrido. Hoy, que he bajado un poco antes, no estaba debajo de los setos y me he preocupado un momento por dónde estaría, pero solo hasta que me he dado cuenta de que los aspersores estaban funcionando a tope. El pobre hombre

lunes, 1 de julio de 2013

la abuela Isabel de cerca


 Mi abuela Isabel enviudó en el año 1972 y  al quedarse sola al final tuvo que hacerse cargo de la granja que tenían cerca de Grañen y de Montesusín en Sariñena.
   En aquellos tiempos para ponerse al frente de algún negocio o propiedad siendo mujer y además viuda había que ser muy valiente. Muchas veces contaba el miedo que pasaba por las noches cuando oía que venían a robarle el gasoil y ella allí sola en medio del campo no podía hacer nada.

sábado, 29 de junio de 2013

R.

      Aquella noche, en aquel bar de copas, lo tuve tan claro que me acerqué a uno de los amigos con los que había salido y le dije: “Me parece que me voy a liar con R.”.
No hizo falta más que darle dos besos cuando nos presentaron, mirarnos un par de veces y los dos lo tuvimos claro.

viernes, 28 de junio de 2013

El amor desperdiciado

 Todo el mundo tiene al menos una historia de amor desperdiciado esto es una historia de amor correspondido que no llega  a materializarse por razones inexpicables o por un cúmulo de despropósitos o simplemente por nada de nada.
 La mía no sucedió en los tres cursos del bachillerato. En aquella época todo el mundo va de flor en flor enamorándose y desenamorándose en una suerte de polienamoramiento sucesivo pero entre cualquiera de estos enamoramientos y el siguiente siempre estaba ella, ella tenía algo especial.

jueves, 27 de junio de 2013

La Oca

En la casa de mi abuela, que estaba en mitad del campo, vivían también mi tía Berta con mi prima Inés, que debía de tener por aquel entonces dos o tres años. Inés tenía como mascota una oca. Era un animal precioso y allí estaba en libertad. Yo tendría unos diez años y no recuerdo por qué motivo habíamos ido a pasar varios primos unos días allí.
Una de las primas, más mayor que yo, sintió celos de Inés, atacó al pobre animal con un palo y dejó a la pobre oca maltrecha,

lunes, 24 de junio de 2013

"El Canales" o el servicio de cenas más duro de la historia.



         Cuando alguien nos pregunta a cualquiera de los que trabajamos en Casa Lac aquella época cuál fue la peor noche o el peor servicio que tuvimos en los dieciocho años que pasamos allí, todos respondemos lo mismo: “La noche del Canales”. Y cuando lo decimos sin darnos cuenta nos quedamos algo lívidos.
         Un día, como a las cuatro y media, se presentó en el bar que estaba abierto porque estábamos en las fiestas del Pilar un tipo de estos que en el argot del espectáculo se denomina “manager de carretera” y me dijo:
                   Mire, esta noche se estrena en el Teatro Principal el espectáculo de la gira mundial de Antonio Canales el bailaor y claro, cuando acabe el estreno tengo que dar de cenar a cincuenta personas y no tengo dónde meterlos. Tenemos un presupuesto de 1.500 pesetas por persona y vendríamos como a la una de la madrugada.

viernes, 21 de junio de 2013

Zapatos



  Mi abuela materna Isabel era una persona muy peculiar. Todos la queríamos mucho a pesar de su carácter algo voluble.
  Tenía siete hijos y como le era algo complicado acordarse de la talla de pies que calzaba cada uno ideó un sistema casi infalible para acertar siempre.

jueves, 20 de junio de 2013

Coma



Aquella Semana Santa la pasé en Grañén. Bueno, en una casa de campo que mi abuela tenía cerca de allí. Estaba la casa en mitad del campo, a dos kilómetros del pueblo más cercano y, en aquella ocasión, estábamos allí mi hermana Elena, mis primas Ana e Isabel (que son hermanas) y mi tío Diego y mi tía Berta, que también son hermanos.
Un buen día mis primas y mi hermana se fueron a una paridera cercana donde hasta hace unas semanas había habido ovejas y volvieron llenas de pulgas (yo no recuerdo por qué no fui con ellas).

miércoles, 19 de junio de 2013

Caminando por el parque.

A los asmáticos no suele venirnos bien hacer ejercicio en invierno y como además solo puedo ir al punto de la mañana que es cuando hay temperaturas más bajas y más humedad he estado esperando a la primavera para recuperar la línea fina y elegante que siempre me ha caracterizado  dando tres vueltas andando (que correr es de jóvenes) al parque que hay junto a mi casa. Esta mañana he asistido a un hecho curioso. En la primera vuelta he visto un gran trozo de pan duro que alguna abuela habría dejado para las palomas y efectivamente allí había un grupo grande de palomas dándole al pan. En la segunda vuelta ya había solo tres palomas luchando por el pan y en la tercera vuelta ya una sola paloma que se había quedado el pan para ella sola la muy borde y yo me pregunto ¿Es que ahora las palomas ven los telediarios?.

domingo, 16 de junio de 2013

La señora del piano una historia protagonizada por Anabel

       Una señora vino varias veces a la tienda porque había visto el piano de la foto y quería tenerlo en casa porque su nieto, "que no nos podíamos figurar lo adelantado que era" tenía 4 años y tocaba el piano de maravilla... Al final se decidió y el caso es que nos dijo que lo compraba a condición de que se lo lleváramos a casa,

sábado, 15 de junio de 2013

El tonto del pito.

         Vivo en una calle pequeña de un solo sentido y la velocidad está limitada a 30 kilómetros por hora. En el suelo al principio de la calle hay una gran señal que así lo dice junto al dibujo que advierte que te puedes llevar por delante a un ciclista.
         Todos los días hay un tonto del pito que pasa a toda velocidad y el muy imbécil va pitando cada vez que se aproxima a un paso de cebra.

miércoles, 12 de junio de 2013

Los zapatos de Tomás (o como tuvimos que hacernos cargo del restaurante)

           Mis padres contrataron a Tomás, uno de esos camareros a la antigua, resabiados. Un perro viejo.
         Al principio, como siempre, todo fue bien, pero poco a poco el tipo aquel iba tomando confianza y más cañas cada día.
         La víspera del Pilar todo estaba a punto.

En las dos barras que poníamos abajo, quitando las mesas e instalando una segunda barra supletoria, estábamos Diego, Elena (mi hermana) y Silvia, que era amiga nuestra. Y en la planta de arriba estaba mi padre con dos camareros: Tomás y Lorenzo, que era amigo suyo.
         Tomás aquel día llegó totalmente borracho y estaba montando un lío en la cocina impresionante. Tomaba las comandas sin orden, todas a la vez y por eso la cocina estaba totalmente atascada.
         Cuando hay que dirigir un comedor hay que hacerlo siempre en colaboración con la cocina. Se puede tomar una comanda y preguntar “¿cómo vais?”. Si te dicen que agobiadas les pones algo de picar a los clientes y esperas cinco minutos a que empiecen a subir los platos de alguna mesa para “cantar” la siguiente comanda. Tomás, en vez de hacer esto, comenzó a gritar a las cocineras y a quejarse de lo lentas que iban mientras se sacudía una caña tras otra y las situación era cada vez más tensa, lo que atascaba todavía más la cocina.
         Subí a ver qué pasaba. En aquel momento mi padre le estaba diciendo a Tomás que se fuera a casa, que ya volvería por la tarde, entonces el tipo este montó en cólera y empezó a ir por las mesas diciéndoles a los clientes “mi jefe dice que estoy borrrrracho. ¡Que me haaaagan un análisis ahora miiismo!” y con un papel les decía “firme, firme aquí que no estoy borracho”. Todo esto lo decía a voz en grito y con la boca pastosa. Casi ni se le entendía.
         Por fin mi padre consiguió que se marchara a cambiarse y yo bajé a la cocina para ver si podía echar una mano aunque fuera fregando, para que la cosa se destaponara y allí encontré a Lorenzo, el otro camarero, que también se estaba quejando. Que si vaya cocina, que si sí que va lento esto, que la gente lleva mucho tiempo esperando. Yo le puse la mano en el hombro y la dije: “Lorenzo, por favor, suba arriba que la cocina está haciendo lo que puede y achucharlas no ayuda”. Entonces él se volvió y me dijo: “Me has empujado y a mí no me empuja ni Dios”. Tiró el paño que llevaba y se largó en aquel mismo momento.
         Por suerte Silvia había servido mesas y subió con mi padre y con Elena y entre los tres y con la cocina por fin tranquila sacaron el servicio adelante.
         Estábamos comiendo ya todos, agotados por la tensión, cuando llamaron para hacer una reserva. Entonces nos dimos cuenta de que el libro de reservas no estaba en su sitio. Lo buscamos como locos y lo encontramos entre los manteles sucios. Al abrir por el día doce de octubre para apuntar la reserva nos dimos cuenta de que el hijo puta aquel había arrancado las hojas de las reservas del Pilar y que, por tanto, no podíamos hacer reservas porque ni siquiera sabíamos las mesas que ya teníamos reservadas.
         Mis padres estaban deshechos, porque era el momento de más trabajo del año. Mi padre decía “pues nada, cerramos y a tomar viento”. Luego, con los ánimos más calmados, se decidió que ya no se cogerían más reservas.    Montaríamos el comedor de forma que nos pudiéramos adaptar a las reservas que fueran viniendo y Elena y Silvia se quedarían arriba con mi padre.         Lo hicieron entre los tres de maravilla, pero fue un Pilar durísimo porque las camareras eran novatas y nosotros abajo tuvimos que hacer todo el horario de once a cuatro de la mañana todos los días (recados aparte).
         No sé cómo sobrevivimos, pero después de hacer semejante heroicidad juramos que nunca volvería a entrar un camarero profesional en nuestro negocio. A partir de ese momento trabajamos solo con amigas o amigos de Elena o míos y todo fue de maravilla. Daba gusto trabajar allí y eso fue lo que le dio el carácter al sitio, las personas que trabajaron con nosotros. Inés, Silvia, la otra Silvia, Olga, Elena, Natalia, María Luisa, Javier, Carlos, Rafa, Eva... Seguro que me dejo alguno.
         Al cabo de unas semanas encontramos los zapatos de Tomás en el vestuario. Eran unos zapatos muy buenos y muy caros. No hay que olvidar que los camareros cuidan mucho los pies porque trabajan con ellos. Los bajamos a la cocina. Mi tía Berta no se lo pensó dos veces y dijo: “Pues estos zapatos ya se los daremos a Tomás cuando venga a firmar el finiquito”. Y añadió, “¿no os parece que la cuchilla de la máquina de cortar jamón está un poco vieja? Yo creo que habría que cambiarla, vamos a ver, a ver”. Y sacando los zapatos de la bolsa donde estaban puso uno en la cortadora y empezó a hacer lonchas  de zapato como de un dedo de grosor. Nunca he visto a nadie llorar de risa tanto. Cada vez que caía una loncha negra (fssssssslop, fsssssssplop, fssssssplop), Berta paraba porque no podía seguir de la risa y de las lágrimas que le corrían como ríos y le empañaban las gafas. Luego nos miraba, se secaba y volvía a la carga.
         Todos acabamos llorando de risa, desencajados y tirados por el suelo y la mesa de la cocina. Cuando acabó con el segundo zapato metió los trozos en la bolsa y dijo: “Hala, guárdalo para cuando venga el tío este. Ya le diremos que hemos convertido sus zapatos en calamares en su tinta”. La carcajada general fue tremenda. Creo que en ese momento soltamos toda la tensión que habíamos pasado en esos diez días.

         Tomás vino bastante avergonzado a firmar su finiquito y creo que mi padre tuvo a bien no devolverle sus zapatos.

martes, 11 de junio de 2013

Esquivando a la suerte

         Estaba mi abuela Isabel, que era la madre de mi madre, en Madrid el veintiuno de diciembre cuidando a una de sus hijas que estaba en un hospital porque le habían operado de un problema que tenía en un pie y salió a dar un paseo para despejarse un poco.
         La suerte le llevó a la Plaza Del Sol y, de repente, se encontró por arte de magia en la cola de Doña Manolita. “Pues ya que estoy aquí voy a comprar un número” y se puso a la cola.

lunes, 10 de junio de 2013

lectura de manos.

      Aquel año en Vinuesa había en la casa una chica que nos cuidaba que nos leyó las manos a todos.        Yo tenía seis años y tras examinarme la palma de la mano me dijo sin inmutarse lo más mínimo que tenía rota la línea de la vida,

domingo, 9 de junio de 2013

La Fiesta

Me hice cargo de la barra del bar de Casa Lac y lo primero, cuando llegaron las fiestas del Pilar, fue ampliar el horario y cambiar el ambiente por la noche para poder tomarnos unas copas con los amiguetes que quisieran venir. El primer año con mi gran amigo Diego H. estuvimos varias semanas grabando unas cintas de casete de 90 y de 120 para la ocasión.
         Por el día mi madre nos obligaba a poner unas cintas terroríficas de salsa que también nos había obligado a grabar (nunca entendimos qué tendría que ver la salsa con las fiestas del Pilar) a las que sobrevivimos no sé muy bien cómo.
         Seguramente aguantamos las diez o doce horas de inmersión caribeña porque luego, a las doce de la noche, retirábamos las banderillas de vinagre, los tacos picantes y los pinchos de tortilla, bajábamos la luz, nos maqueábamos lo que podíamos y nos tirábamos hasta las tantas dándole a las copas todo lo que podíamos.
         La primera vez que montamos aquello a los otros habitantes del edificio no les debió de sentar muy bien, porque empezaron a pasar cosas extrañas en cuanto empezó la fiesta, que fue tremenda.
         Habíamos hecho una olla gigante de sangría para invitar a los amigos y ellos no habían podido resistirse a la llamada de la selva, así que el bar estaba a tope de gente. Nosotros subíamos la música y servíamos sangría. Todo iba sobre ruedas.
         Detrás de la barra había un pasillo que daba a la cocina y mi madre y otras cocineras estaban sentadas en un extremo de este pasillo, recuperándose del día de trabajo, tomando algo fresco o cenando. Las luces del pasillo, las del despacho  y las del almacén comenzaron a encenderse y a apagarse solas. Desde sus sillas y banquetas las cocineras miraban asombradas hacia los interruptores que estaban al final del pasillo. Las puertas estaban abiertas y todas veían con claridad que no había nadie allí. Nos llamaron para que lo viéramos. Yo mismo me acerqué para comprobar que no había nadie que de alguna forma estuviera haciendo la gracia. Allí no había nadie.
         Habíamos dejado la barra sola, así que aunque estábamos alucinados tuvimos que volver a escanciar sangría. Entonces, una balda de cristal donde estaban algunas de las botellas estalló y las botellas cayeron al suelo. Aquellas eran unas baldas de cristal gordas como un dedo y en todos los años que llevábamos allí nunca se había roto ninguna. Fui a recoger los cristales y, para mi sorpresa, noté que estaban calientes. No había ninguna vela ni ninguna fuente de calor cerca. También se apagaron algunas pequeñas lámparas de la barra que, por miedo, no volvimos a encender. Mientras tanto la sangría corría como las aguas del Ganges.        Explotó una segunda balda de cristal y de nuevo al recogerla los trozos estaban calientes. No sabíamos cómo parar aquello, así que se me ocurrió bajar un poco la música y la cosa se calmó en seco.
         Los demás días de las fiestas anduvimos con más cuidado con el volumen. Mi padre, como siempre, compró unas flores que pusimos en un gran jarrón en la barra y a partir de allí nuestra relación con los demás habitantes fue poco a poco a mejor.


sábado, 8 de junio de 2013

Pesadilla

         Esta pesadilla me atormentó durante muchos años entre la infancia y la adolescencia:
         Corría aterrorizado por un bosque. Llevaba puestos unos vaqueros y una camiseta blanca. En el sueño me veía a mí mismo de cintura para arriba, de frente, corriendo, sudando angustiado y viendo los árboles pasar hacia atrás. No sabía qué o quién me perseguía y eso era muy inquietante, porque no sabía si era mejor parar o seguir corriendo y seguía corriendo y corriendo.
         Luego estaba en mi casa en el salón, sentado en un sofá. Venía mi madre y me miraba. No decía nada. Tenía la mirada perdida, daba media vuelta y yo la seguía unos pasos atrás. Como el pasillo hacía una “L” yo la veía torcer por el pasillo. Cuando llegaba a verla se metía en la cocina, desde allí entraba en una habitación. Yo iba a seguirla y por fin a encontrarla porque esa habitación en la que estaba mi madre ya no tenía más puertas ni más salidas, pero en un hueco se había escondido un tipo con un pasamontañas que me ponía una escopeta de cañones recortados en el estómago y disparaba dos tiros sin compasión.   Pensaba que enseguida vendrían a curarme y entonces era cuando me despertaba empapado en sudor.

         Este sueño se repetía y se repetía hasta que una noche, al llegar al final del sueño y con los dos tiros en el estómago, en vez de pensar que alguien vendría a socorrerme me miré las manos llenas de sangre y apoyado en la pared me dije “es imposible, me han disparado dos veces en el estómago con una recortada, debo de tener un agujero en la espalda tremendo, no voy a salvarme” y empecé a deslizarme pared abajo. Entonces me desperté y nunca más volví a soñar que mi madre era el principio y la muerte el final y que ambas formaban parte de una misma cosa, de la vida.

viernes, 7 de junio de 2013

Fotos viejas



         Cuando uno echa la vista atrás recuerda personas importantes, sucesos buenos o malos, lugares, viajes, situaciones anecdóticas y épocas determinadas.
         De las épocas por ejemplo se suele recordar un ambiente que las caracteriza, un tipo de luz, gente y cosas del momento, pero todo es muy general, poco concreto, al menos hasta que se empieza a tirar y a tirar del hilo a fondo para llegar a los detalles.
         Pero los momentos concretos se pierden en nuestra memoria, sobre todo esos que, por no ser determinantes, no se quedan grabados con tanta fuerza.
         Es una pena, porque la vida está llena de momentos tranquilos e incluso felices que se pierden por no ser tan “importantes” y son estos precisamente los que merece la pena recordar.
         Afortunadamente, para evitar esta chapuza que hace el cerebro están las fotos viejas. Benditas sean.


         Esta foto me la pasa mi hermana Elena. Ya no me acordaba de que era posible reír así, con esa energía, con esa inocencia y, sobre todo, con esas ganas.






jueves, 6 de junio de 2013

El tabique.

         Mi abuelo Enrique, al que debo mi nombre, estuvo destinado como ingeniero de caminos en muchos sitios y pasó una temporada en Soria. Así fue cómo la familia se vinculó a esta provincia. Allí nacieron varias de mis tías y con los años todos acabamos veraneando en un pueblo llamado Vinuesa.
         No sé por qué razón el abuelo había comprado hace muchos años una casa en Cidones que llevaba décadas sin habitarse y allí se desplazaban “los mayores” para organizar juergas evitando así que los niños les fuéramos persiguiendo por los bares del pueblo.
         Aquella noche debía de haber muchos amigos que habían llegado de Madrid y de otros lugares. Los invitados tenían que repartirse entre dos habitaciones y no se veían entre ellos. Aquello no podía ser. Aun así, la cosa entre la cena, las copas y los guitarreos fue poniéndose fina, fina. En estas, Ana (que es mi madre) y mis tías María Isabel, Alicia y Marga decidieron que aquella habitación era muy pequeña y que la otra también. Imagino la conversación:

                   Ana: Oye, ¡cuánta gente ha venido!
                   María Isabel: No, no, tampoco estamos tantos. Es que estos dos cuartos son muy pequeños.
                   Alicia: Eso está claro, ya lo decía yo hace años, ya.
                   Ana: Pues esto hay que solucionarlo.
                   María Isabel: Pues eso, cuanto antes.
                   Alicia: Pues chica, ahora que estamos las cuatro es el mejor momento.
                   Marga: Pues es verdad, ¿para qué vamos a tener dos cuartos cuando podríamos tener uno grande y bueno? Además, si es que hemos venido para vernos con todos. No vamos a estar todos de aquí para allá y de allí para acá.

         De repente las cuatro pusieron sus ojos en un banco corrido de esos que se ponen en las mesas grandes. Entonces Marga dijo: “Estamos pensando lo mismo, ¿no?” Y las otras, al unísono: “¡Pues claro!”
         Viendo que estaban plenamente de acuerdo se dirigieron hacia el banco y les dijeron a las personas que estaban allí sentadas: “¿Os podéis levantar un momento, que necesitamos el banco? Enseguida os lo devolvemos, no tardamos nada”.
         Los invitados se levantaron y entonces entre las cuatro cogieron el banco a modo de ariete y se liaron a porrazos con la pared como si estuvieran en el asedio a un castillo. En un cuarto de hora tiraron el tabique entre el asombro y los vítores de los invitados.
         No penséis que lo hicieron de cualquier manera. Tan solo tiraron la parte de arriba, porque lo que querían era poder ver a todos los amigos juntos. Tirando solo la pared hasta la altura de la cintura y poniendo unas mantas encima para no hacerse daño con los ladrillos rotos se lograba además tener una barra donde apoyarse y beber más cómodamente las copichuelas.
         Un día hace poco, comentando la jugada en una reunión familiar, las cuatro se ratificaban en su acción:

                   Ana: Es que estaba clarísimo que había que tirarlo.
                   María Isabel: Pues además quedó todo muy bien y muy cómodo.
                   Marga: Es que la gente, como no piensa, pues no se le ocurren estas cosas y así tienen las casas de incómodas.
                   Alicia ¡Anda que, lo que nos tuvimos que oír luego de los madrileños esos que vinieron! Si es que la gente no tiene de qué hablar, como si no hubieran tirado un tabique en su vida. Desde luego...


         Rodeado de esta familia, de la cual me enorgullezco, viví situaciones asombrosas. Hoy día me acuerdo de algunas y me doy cuenta ahora, pero solo ahora, de que aquello puede que no fuera  “lo normal”. No sé si las cosas eran normales o no, pero lo pasamos muy bien y, claro, así hemos salido.

miércoles, 5 de junio de 2013

La chica de la limpieza.

           Cuando fui a vivir a aquella casa tan antigua una amiga mía, que entendía de estas cosas, me recomendó fervientemente que pusiera la cama debajo de alguna ventana para estar protegido de los espíritus. No me dijo por qué esto era más seguro, pero como el cuarto era grande y no me costaba nada hacerle caso, seguí su consejo por si las moscas y allí estuvo la cama todos los años que dormí en aquel edificio.
         No sé si fue por eso, pero aquella temporada dormí poco, como siempre, pero sin sobresaltos ni más pesadillas de las habituales.
         Por aquella casa-restaurante pasaron personajes alucinantes. Una de estas personas era una chica que nos hacía la limpieza de nuestra casa. Era pelirroja, bajita, algo rellenita, con unos ojos azules y una sonrisa algo inquietantes. No recuerdo su nombre ni de dónde había salido. Siempre la vi con una bata de rayas azules y negras tipo pescadero.
         Hacía bien su trabajo, pero tenía una manía que a mi madre,que aparte de llevar la cocina, es decoradora, le sacaba de quicio: le daba por cambiar los muebles de sitio sin consultar ni pedir permiso. Nadie sabe cómo movía aquellos muebles enormes siendo tan pequeña, ni cómo le daba tiempo a limpiar y a mover ella sola alacenas llenas de platos, armarios roperos, mesas de comedor con sus sillas, sofás, librerías repletas, sillones orejeros... Todo lo que era susceptible de ser movido tarde o temprano, ella, acababa moviéndolo, Mi madre, que estaba hecha a todo, al final ya ni se inmutaba. No sé cómo aguantó semejante intromisión en su intimidad, pero lo hizo.
         Un día subí a mi cuarto y vi que la cama no estaba en su sitio. Como aquel día estaba por ahí le pregunté: “Oye, ¿cómo es que has movido mi cama de sitio?” A lo que ella respondió, "Es que he pensado que aquí en el rincón estarás mejor y más caliente ahora que llega el invierno, porque esa ventana además no cierra bien. La verdad es que tenía razón en todo. El sitio era más cálido, más acogedor. Era cierto que la ventana no cerraba bien. Total, que le hice caso olvidándome de los sabios consejos de mi amiga.
         Aquella misma noche tuve una espantosa pesadilla, no tanto por el contenido si no por la intensidad. Soñé con un fantasma que llevaba unas botas negras. Desde el medio de mi habitación el fantasma dio un salto y cayó con una bota a cada lado de mi cabeza. Después, en mi sueño, yo veía cómo en el cristal empañado de la ventana estaba escrita la palabra "Extranus". Me desperté muy angustiado, cogí mi diccionario de latín y busqué la palabra. En el diccionario se leía: "Extranjero, de distinta nación o familia. De fuera de este mundo".
         Coloqué la cama en su lugar y le prohibí a aquella chica que volviera a entrar en mi cuarto. Y poco a poco volví a conciliar mejor el sueño.